¿Cual es el calibre de las mentiras que podemos soslayar, aún cuando sean flagrantes y menosprecien nuestro discernimiento?
¿Cuántas mentiras puede decir un funcionario, para llenar el gigantesco vacío de actos de su gobierno y cuantas podemos tolerar sin reacción alguna?
¿Qué forma tendrá aquella mentira que logre sacudir nuestro letargo?
¿La democracia tiene un límite para la mentira, o acepta ciudadanos que juegan a que no los engañan y funcionarios que compiten entre sí por el premio al embuste mas canchero?
¿Cómo ejercer ciudadanía, cuando hastiados de vivir en esta virtualidad engañosa, descreemos de todos y de todo?
Pareciera que los argentinos tenemos una aversión infinitamente elástica a la mentira, la toleramos de toda medida, color y forma. Hacemos bromas sobre las más descaradas declaraciones de nuestros gobernantes, atascamos facebook y twitter y con esa mínima e inocente catarsis seguimos tan campantes cada uno por nuestra cuenta.
Queremos vivir en democracia pero nos quedamos en sus aspectos formales y nos hemos convencido de que nuestro rol, es meramente ejercer el derecho al sufragio. ¿Olvidamos acaso el de ser informados? Otro pilar del sistema de gobierno que hemos abrazado, tras largas y durísimas experiencias.
Paul Ekman , un científico de EEUU que analiza las micro expresiones faciales, e identifica en ellas emociones: ira, asco, miedo, felicidad, tristeza, sorpresa, diversión, desprecio, alegría, vergüenza, emoción, culpa, alivio y satisfacción, ha probado que los gestos ante esas emociones son universales, y que sumadas al análisis lingüístico, hacen un combo muy confiable para determinar cuando una persona miente.
¿Mejoraría nuestra democracia si redujésemos la tolerancia a la mentira? Sueño con una democracia plena y en mi desvarío, imagino a Tim Roth en el papel del Dr. Lightman, diciéndonos …a ése, éste y aquel, no les crean
¡están mintiendo desde las tripas!